La ley del Espíritu de vida

¿Qué es «la ley del Espíritu de vida» a la que se refiere Pablo en Romanos 8:2?

Romanos 8:1-4 amplía lo que Pablo analizó en capítulos anteriores, en particular respecto de la conexión entre la ley, el pecado y la muerte. Romanos 8:1-4 parece explicar específicamente Romanos 7:6, donde se encuentran las dos ideas presentes en nuestro pasaje: libertad de la ley, el pecado y la muerte, y una nueva vida en Cristo (cf. 6:1-14).

1. Organización de Romanos 8:1-4: Pablo comienza la discusión con una declaración de resumen (vers. 1) que se amplía en los versículos siguientes. El énfasis primario se encuentra en la vida de los creyentes. Pablo combina la liberación mediante la «ley del Espíritu de vida» con la muerte de Jesús (vers. 2). Dice literalmente: «La ley del Espíritu de vida [la fuente de una nueva vida] en Cristo Jesús me ha librado [singular; es decir, el creyente] de la ley del pecado y de la muerte». Lo que hizo Jesús transforma la vida del creyente. Esto se hizo necesario porque había algo que la ley no podía hacer pero que fue logrado por medio de Cristo (vers. 3). Pablo explica estos dos conceptos para aclarar el significado de la frase «la ley del Espíritu de vida me ha librado de la ley del pecado y de la muerte» (vers. 4).

2. La declaración: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». El «ahora» indica que lo nuevo ha llegado, resolviendo el problema de la condenación de la ley asociada por Pablo con la transgresión de Adán (Rom. 5:12, 17). La caída de Adán hizo que la humanidad fuera una masa indistinguible de pecadores destinados a la muerte; pero Cristo llegó con poder de liberarnos. Los que están en Cristo están libres de la condenación de muerte a nueva vida. Pablo explica cómo se produce esto.

3. La ley del Espíritu: En el versículo 2, Pablo explica el versículo 1: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte». Esas dos leyes son una sola vista desde dos perspectivas diferentes: La ley bajo la carne que lleva a la muerte, mientras que la misma ley, bajo el poder del Espíritu, lleva a una nueva vida. Cristo nos libra de los poderes cósmicos del pecado y la muerte (justificación), y el Espíritu nos libra del poder esclavizante del pecado en la vida diaria (santificación). Según Pablo, la ley de Dios ha sido utilizada erróneamente por el pecado, lo que resultó en la condenación y la muerte (Rom. 7:7-12). Los seres humanos la utilizaron mal al buscar la aceptación de Dios mediante las obras de la ley, es decir, «la ley del pecado y de la muerte». La «ley del Espíritu de vida» es la misma ley conectada al Espíritu, no a la carne. Hay un lugar para la ley de Dios en la vida cristiana.

4. La ley, Cristo y el Espíritu: El problema, dice Pablo, no es la ley sino la debilidad de la «carne» (Rom. 8:3). Ante el pecado y la muerte, la ley no tenía poder, porque la carne es hostil a Dios y no puede sujetarse a la ley de Dios (vers. 7). La solución es la muerte en sacrificio del Hijo de Dios, quien condenó el pecado en la carne, liberándonos de la condenación de la ley (vers. 3) y permitiéndonos vivir en obediencia a la voluntad de Dios mediante el Espíritu. Ahora la ley es restaurada al lugar que le corresponde y llamada «la ley del Espíritu de vida». Cristo murió por nosotros «para que la justicia de la Ley [la ley del Espíritu de vida] se cumpliera en nosotros, que no andamos conforme a la carne [buscando la aceptación divina mediante las obras de la ley], sino conforme al Espíritu» (vers. 4). La debilidad de la carne es vencida, y el Espíritu nos permite obedecer los requerimientos justos de la ley de Dios.

Fecha: 
3/19
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