Nada que temer

¿Por qué en la Biblia se habla tan a menudo de «el temor del Señor»?

El temor es básicamente la reacción humana a una amenaza real o imaginaria. Si se ve la amenaza como sobrenatural, más allá del control humano, el temor se manifiesta como desesperación, que anticipa la muerte.

1. TEMOR NATURAL DE DIOS

Con respecto a Dios, el temor es la respuesta humana natural a su presencia y acciones después de la caída. Cuando Dios descendió sobre el Monte Sinaí, la gente se sintió aterrada por lo que vio, escuchó y sintió, y lo con­sideró una amenaza potencialmente fatal (Éx. 20:18-20; 19:21). Aun ver a Dios en un sueño era suficiente para causar temor en el corazón humano (Gén. 28:17). En efecto, cualquier cosa sobrenatural era considerada una amenaza posible a la vida humana y causaba temor (Job 4:12-16). Ser consciente de estar en la presencia de Dios producía un temor de muerte (Jue. 6:2-23).

Aun las acciones de Dios en la historia aterraron a la gente (Jer. 32:21; Deut. 26:8). Cuando los humanos temieron la presencia divina, temblaron (Éx. 20:18; Isa. 19:16), y se sintieron estupefactos y aterrados (Isa. 33:14; Hech. 7:32). Así se expresa el miedo, mostrando una com­prensión integral de la naturaleza humana, según la cual las emociones internas son expresadas en reacciones corporales. Bajo tales circunstancias, la reacción humana común fue salir corriendo y tratar de esconderse de Dios por temor, dándose cuenta, al mismo tiempo, que él era el único que podía preservar la vida.

2. APRENDER EL TEMOR DE DIOS

La solución no es eliminar el temor, porque los seres humanos pecaminosos temen a Dios por naturaleza. La solución es poner bajo control las reacciones impul­sadas por el temor. En consecuencia, el Señor decidió enseñar a las personas cómo expresar su temor de él de una manera que cultive la comunión y el compañe­rismo. Así surgió a la existencia una frase positiva que se encuentra a lo largo de la Biblia: «el temor de Dios», como característica de los piadosos. Se basa en una comprensión positiva del glorioso Señor como un Dios amante y misericordioso (Éx. 34:6, 7), que busca dar vida, no quitarla, y que es el Redentor de su pueblo (Isa. 43:1, 5). Esta nueva comprensión no es natural, por lo que tiene que ser aprendida (Sal. 34:11).

Es aprendida al ser fieles a la ley del pacto divino (Deut. 14:23; cf. 4:10; 17:19; Sal. 34:11-14) y por la sumisión al Señor en la adoración (Deut. 6:13, 14). Al enfrentar al Señor, el temor se expresa en obediencia (Lev. 19:14, 32; Neh. 5:9, 15) y devoción a él (Sal. 119:63), en lugar de temor y temblor, escondiéndose de él. Implica apartarse del mal (Prov. 3:7; 16:6; cf. Hech. 10:35) por la bondad del Señor. Temerlo es amarlo (Deut. 6:2-5).

En consecuencia, los que temen a Dios no anticipan la muerte, sino que son motivados por su misericordia (Sal. 147:11). El temor del Señor no se expresa en temor y temblor sino en aguardar en la fidelidad y misericor­dia divinas. Ya no es temor de muerte sino «manantial de vida» (Prov. 14:27) y «lleva a la vida» (Prov. 19:23). Dios ya no es percibido como el enemigo que busca destruir la vida, sino como alguien que la preserva (Sal. 33:18, 19).  


Fecha: 
12/19
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