Gratitud y generosidad

¿Por qué debería dar ofrendas?

Me permito darle la que acaso sea la mejor respuesta a su pregunta: Es la voluntad de Dios que le demos ofrendas; y su voluntad siempre busca lo mejor para nosotros (Deut. 16:16). El Señor espera que le demos no solo los diezmos sino también las ofrendas (Mal. 3:8). Usted puede preguntarse por qué requiere esto. Presento aquí algunos pensamientos sobre el fundamento teológico de las ofrendas, nuestra motivación de dar, y la naturaleza de las ofrendas verdaderas.

1. Fundamentos teológicos: Veo dos fundamentos teológicos principales para la práctica de dar ofrendas a Dios. El primero se relaciona con la salvación. En la Biblia, las ofrendas a menudo se asocian con la idea de que Dios es nuestro Salvador. Esto es sumamente importante para una teología de la mayordomía; excluye claramente la idea de que nuestras ofrendas contribuyen a la salvación. Sí, una ofrenda nos salvó, pero fue provista por Dios, no por nosotros. Este concepto fue ilustrado en el Antiguo Testamento, en los servicios del Santuario mediante las ofrendas por el pecado y la culpa (Lev. 4, 5; 17:11). Esas ofrendas señalaban el sacrificio del Siervo del Señor que cargaría nuestros pecados para limpiarnos (Isa. 53:4, 5, 10-12). Se cumplió en la persona de Jesucristo, a quien Dios ofreció como sacrificio en nuestro lugar (Juan 3:16; Rom. 3:25). Jesús pagó el castigo de nuestros pecados, haciendo posible que Dios aceptara nuestra ofrenda personal en respuesta a su gracia.

El segundo fundamento teológico es el señorío de Dios. El que nos salvó tiene que ser reconocido como nuestro Señor; de lo contrario, seguimos siendo esclavos del pecado. Él nos liberó para su servicio amante. Lo honramos y respetamos como Señor mediante nuestras ofrendas, así como las personas importantes son honradas por medio de presentes (Mal. 1:6-8). Según la visión del tiempo del fin en el Antiguo Testamento, los reyes de la tierra reconocerán el señorío del Dios de Israel y le traerán ofrendas/dones (Isa. 18:7; Sal. 68:29).

2. Motivación para dar: La motivación básica para dar ofrendas es la gratitud por lo que Dios ha hecho mediante Jesucristo. La ingratitud fluye del egoísmo y engendra idolatría (Rom. 1:21). Estamos agradecidos por la gracia abundante de Dios. En efecto, el cosmos alberga más gracia que mal: «Allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Rom. 5:20, NVI). Esta abundancia viene de Jesucristo quien, aunque era rico, se hizo pobre para enriquecernos (2 Cor. 8:9). La gratitud y el amor a Dios se hacen concretos en nuestras ofrendas, que Dios usa para alcanzar a otros con el mensaje de salvación. En otras palabras, las ofrendas son la encarnación de nuestra gratitud y compromiso con Dios de manera tangible, que son transferidas para suplir las necesidades de los demás.

3. El propósito divino para nosotros: Nuestras ofrendas son dadas a Dios por medio de su iglesia, no a alguien que afirma ser instrumento divino. Él nos las requiere para protegernos de la idolatría y ayudarnos a vencer nuestro egoísmo natural. Podemos ocultar nuestro egoísmo con palabras, pero igual puede mostrar fácilmente su desagradable rostro si nos resistimos a dar liberalmente nuestras ofrendas al Señor. El ego humano se hace particularmente visible en nuestra sed de riquezas materiales, y en la manera de administrarlo. Dios nos ayuda a vencer este poder esclavizante pidiéndonos que le demos nuestros diezmos y ofrendas en respuesta a su gracia y amor. En el proceso, nos transforma en criaturas amantes. En consecuencia, espera que nuestros dones sean una entrega personal (Luc. 21:1-4; 2 Cor. 8:5), voluntaria (Éxo. 25:1; 2 Cor. 9:7), y sistemática (2 Cor. 8:11). Sistemática significa que damos según nuestros medios, asignando un porcentaje específico de nuestras ganancias como ofrenda. No damos porque hay necesidades; damos porque Dios ha sido bueno con nosotros y queremos expresarle generosamente nuestro amor y gratitud.

Fecha: 
8/17
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