El Hijo y el Espíritu

¿Cuán cercana era la relación entre el Espíritu Santo y Cristo durante el ministerio terrenal de Jesús?

Fue la más cercana que podría haber existido. Cada miembro de la Deidad ha participado en la redención de la raza humana. Analizaré momentos claves de la experiencia de Jesús, en los que el Espíritu Santo estuvo particularmente cercano a él.
1. La encarnación: La encarnación del Hijo de Dios fue un evento trascendental de la historia cósmica que tiene que haber precedido a la inmensa actividad de la Deidad en el cielo. Una vez que Dios escogió y preparó el instrumento correcto para ese acontecimiento –a María– el Hijo de Dios se hizo humano dentro de su vientre. Un ángel del cielo descendió a la ciudad de Nazaret para informar a la joven lo que sucedería: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Luc. 1:35). En la concepción virginal del Hijo de Dios, el Espíritu estuvo presente revelando su poder en una actividad creativa sin paralelos. No se dan detalles específicos sobre su obra en la encarnación misma, quizá porque lo que sucedió está más allá de la comprensión humana.
2. Bautismo y ministerio: Juan el Bautista preparó el camino para el inicio del ministerio de Cristo. Antes de su nacimiento, un ángel dijo a su padre que Juan sería «lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre» (Luc. 1:15) y, al momento de su nacimiento, Zacarías, su padre, «fue lleno del Espíritu Santo y profetizó» (vers. 67). En efecto, el Espíritu se mostró activo en los eventos que llevaron al inicio del ministerio de Cristo. Durante su ungimiento como Mesías de Dios, el Padre proclamó: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Luc. 3:22). «Y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma» (vers. 22). El Siervo del Señor en forma humana recibió el poder del Espíritu para cumplir su misión de salvación. Su vida estaba ahora bajo el cuidado del Espíritu quien, inmediatamente después del bautismo, llevó a Jesús al desierto para enfrentar al enemigo (Luc. 4:1). Satanás no tenía control sobre la vida de Jesús, cuya compañía inseparable era el Espíritu.
3. Muerte y resurrección: El Nuevo Testamento dice poco sobre la función del Espíritu durante la crucifixión. Solo Hebreos 9:14 parece asociar el Espíritu con el sacrificio de Jesús, cuando expresa que «mediante el Espíritu eterno [Jesús] se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios». No se elabora el pensamiento, lo que nos lleva a preguntarnos por su significado. El pasaje parece asignar al Espíritu la función sacerdotal de presentar ante Dios la víctima sin mácula para el sacrificio. La conexión entre el Espíritu y la resurrección de Cristo es indirecta.
Cuando Pablo habla del papel del Espíritu en la resurrección, dice:
«Si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús está en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que está en vosotros» (Rom. 8:11). El Espíritu en nosotros es el Espíritu del que levantó a Jesús; y él también nos dará vida (nos resucitará) mediante el Espíritu. Hay un indicio de la presencia y acción del Espíritu en la resurrección de Cristo que contribuye a garantizar nuestra resurrección.
El Espíritu estuvo constantemente con Cristo durante sus momentos de gozo, tentaciones, muerte y resurrección. También está a nuestro lado orientándonos en la vida, llenándonos de gozo y fortaleza cuando enfrentamos desafíos. Confiemos en él, y dejemos que sea nuestra compañía inseparable en nuestro peregrinar cristiano.

Fecha: 
8/18
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