Único como ninguno

¿Se puede ver a Dios, o él es por naturaleza invisible?

Mi primera reacción a esta pregunta fue ignorarla, principalmente porque podría llevar a especulaciones que no alimentan la vida espiritual. Entonces pensé que quizá respondiendo la pregunta podría dar gloria a Dios y a Cristo. Aquí comparto algunos pensamientos. 

1. CREADOS A SEMEJANZA DE DIOS

Génesis 1:26 establece que Dios creó a los seres humanos a «imagen» y «semejanza», dos sustantivos usados en forma intercambiable en otras partes del Antiguo Testamento. La misma terminología incluye la idea de una expresión concreta. Los humanos, cada uno como unidad indivisible, fueron creados a imagen de Dios, por lo que son su imagen. Ese osado pensamiento hace que surja en la mente de algunos la pregunta de la existencia material de Dios. La Biblia no niega ese estado, pero el énfasis de nuestro pasaje se encuentra en la singularidad de los seres humanos, no en la apariencia externa de Dios. En otras palabras, no podemos explorar la existencia humana material para definir la existencia divina. Podemos afirmar la presencia divina sin profundizar en el misterio de cuán inescrutable es Dios. Se podría acaso decir que Dios no posee un cuerpo pero que es un cuerpo, sin especular sobre la naturaleza de su existencia material. 

2. VISIBLE-INVISIBLE

A veces a Dios se le asigna invisibilidad, indicando que carece de forma visible. Pablo se refiere a Dios como «el Dios invisible [del griego, aoratos]» (Col. 1:15), el «Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios» (1 Tim. 1:17). Juan agrega: «A Dios nadie lo ha visto jamás» (Juan 1:18). Sin embargo, la palabra griega aoratos no describe lo que por naturaleza carece de visibilidad sino lo que no puede verse inmediatamente. Para los griegos, por ejemplo, el futuro o la cara de la luna eran invisibles durante cierto tiempo. Cuando describimos a Dios como invisible, hablamos de algo mucho más profundo, a saber, su trascendencia divina, o la distancia infinita entre el Creador y la criatura. La corporalidad de la criatura no puede contener la plenitud de Dios dado que él es en sí mismo. De allí que el papel de Jesús como mediador sea indispensable, porque brinda visibilidad a aquel que nadie puede ver (Juan 1:18; 14:8, 9), pero a quien quieren ver (cf. Mat. 5:8). Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento (por ej. Éx. 24:17; 1 Tim. 6:16) testifican de que Dios habita en luz inaccesible; la luz de su gloria que revela y oculta al mismo tiempo su ser visible y hace conscientes de su presencia a sus criaturas. Acaso el ejemplo más osado de este fenómeno se encuentra en Ezequiel, quien ve en la carroza del trono divino «una semejanza, como de un hombre» cubierto de un brillo «como de bronce refulgente», o «como un fuego», rodeado de «resplandor alrededor» (1:26, 27). ¡Ezequiel vio la luz indescriptible, la gloria que cubre la presencia visible de Dios! No hace falta especular sobre la naturaleza de la corporalidad divina; es algo que no se nos permite entender. El tema tiene que ver con la naturaleza singular del Creador y la promesa de que un día estaremos ante la luz impenetrable de su gloria, deslumbrados por su resplandor, para adorarle. Y todo será posible por medio de Cristo, que nos reveló el amor de Dios y quien glorificará nuestros cuerpos para permitirnos estar de pie y presenciar la gloria divina. 

Fecha: 
5/19
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