Teología, Ética y Crecimiento de Iglesia

Ángel Manuel Rodríguez

Ángel Manuel Rodríguez

BRI (retired)

Al principio del siglo XXI nos enfrentamos a dos desafíos de suma importancia en el área del crecimiento de la Iglesia. El primero de ellos es el crecimiento muy lento en algunas partes del mundo y el segundo es todo lo contrario, un crecimiento rápido. Ambas situaciones traen consigo problemas específicos que necesitan ser abordados de una manera productiva y aún agresiva. Aquí voy a compartir algunas reflexiones sobre los desafíos éticos y teológicos que se enfrentan y se enfrentarán en algunas áreas del mundo donde el crecimiento es intensivo. Planteo esto esperando que sea de utilidad para los líderes de la Iglesia en el proceso de planificación del futuro de la iglesia con el fin de evitar escollos peligrosos, algunos de los cuales no parecen en lo absoluto peligrosos.

I. Calidad y crecimiento numérico

Debo mencionar que desde el principio, el crecimiento numérico y la misión de la Iglesia son inseparables y que ambos son indispensables para que la iglesia sea la Iglesia. El crecimiento indica que la Iglesia todavía está viva y que está siendo sostenida por el Espíritu del Señor. Pero la pregunta que debemos explorar, y explorar con una mente abierta, tiene que ver con el objetivo del crecimiento de la Iglesia: ¿Por qué queremos crecer?, ¿cuál es el propósito fundamental de bautizar a más y más gente? Obviamente el crecimiento trae consigo reconocimiento, poder e influencia, y es necesario hablar sobre estos asuntos. Pero tengo serias dudas en cuanto a si esto es realmente crecimiento de iglesia. En realidad no creo que lo sea. El poder de la iglesia no se encuentra en el elevado número de miembros que lo constituyen, sino en el compromiso de sus miembros en Cristo como Salvador y Señor.

El crecimiento de la iglesia es un fenómeno que debe ser teológicamente definido como la realización de la obra del Espíritu en la vida de los pecadores que, por la gracia de Dios y la fe en Cristo, transforma a los pecadores en hijos de Dios y, a través del bautismo, los incorpora en el cuerpo de nuestro Señor Jesucristo. En otras palabras, el crecimiento de la iglesia se produce a través de la proclamación de la palabra de salvación a través de Cristo y la acción del Espíritu en el corazón humano que conduce a la persona a experimentar una conversión genuina. El crecimiento de la Iglesia sin conversión solo es, numérica y, teológicamente hablando, artificial. La solución no es detener el crecimiento de la Iglesia a fin de asegurarse de que aquellos que estén “en” la iglesia hayan experimen- tado la conversión. La parte importante de la vitalidad espiritual de los miembros de la iglesia se encuentra precisamente en su participación en el crecimiento de la iglesia—en la proclamación del poder redentor de la cruz.

Sin embargo, el equilibrio entre el crecimiento de la iglesia y la conversión se logra a través del estudio de la Biblia e intensas oraciones en nombre de aquellos con quienes estamos compartiendo el Evangelio. La conversión se lleva a cabo a través del poder de convicción del Espíritu en el corazón humano en conjunto con el oír de la Palabra de Dios. Aquellos que demuestran que se rindieron al poder de convicción del Espíritu a través de una vida de compromiso con el Señor en base a las Escrituras, deben ser bautizados. Tales individuos deben seguir siendo espiritual y doctrinalmente nutridos después del bautismo y entrenados para la misión.

II. Ética de la motivación

El crecimiento de la iglesia se lleva a cabo mediante la participación de los líderes y miembros de la iglesia en la misión de la iglesia. Puesto que existe una cosa tal como la inercia espiritual, la motivación correcta ocupa el centro del escenario misionológico. El poder del Espíritu está interesado en el uso de voces y acciones humanas para mover a otros a participar en la misión. Los enfoques motivacionales deben basarse en la teología bíblica para enriquecer espiritualmente al individuo. Un enfoque motiva- cional adecuado debe ser informado y determinado por el concepto bíblico de la gracia de Dios hacia nosotros. La motivación basada en el miedo a perder nuestra salvación es teológicamente errónea y peligrosa. La alegría y la gratitud, y no el miedo, deben estar en el corazón de los miembros de iglesia que se involucran en la misión. Solo el amor sin límites de Dios manifestado en la cruz del Calvario es lo suficientemente potente como para mover a los creyentes a servirle en el crecimiento de la Iglesia.

Motivar a los pastores a seguir participando en el crecimiento de la Iglesia es tal vez tan desafiante como motivar a los miembros de iglesia. Algunos pastores pueden necesitar más motivación que otros debido a que no todos tienen una fuerte personalidad con automotivación. Suponer que un pastor no tiene que estar motivado para participar en el crecimiento de la iglesia sería un error. Todos necesi- tamos estímulo y motivación para cumplir con la tarea asignada a cada uno de nosotros. Tal vez una de las razones para tener un pequeño o ningún crecimiento en absoluto en algunas regiones del mundo tendría algo que ver con la posibilidad de que los líderes de iglesia dejan solos a los pastores, con poca o ninguna motivación para que puedan participar en el crecimiento de la Iglesia.

Pero la verdad es que una ética de la motivación para los pastores es especialmente necesaria en las áreas donde la iglesia está creciendo rápidamente. Permítame ser explícito en mis comentarios sobre este tema. El hecho de que paguemos a pastores para hacer su trabajo, fácilmente podría prestarse a prácticas inadecuadas de motivación. Amenazar a los pastores con la pérdida de sus puestos de trabajo si no aumentan sus números de bautismo es ciertamente inapropiado. El hecho de despedir a un pastor del Ministerio debe ser precedido por una cuidadosa evaluación de su desempeño como ministro y no exclusivamente sobre una cuestión numérica. Cualquier amenaza verbal o abuso psicológico de pastores que tienen como objetivo incentivar al crecimiento de la Iglesia, no es éticamente aceptable. Los líderes de la Iglesia deben desarrollar maneras bíblicas que correspondan a las enseñanzas del Señor Jesucristo con el fin de motivar a los pastores y que estas contribuyan a su crecimiento espiritual.

III. Visibilidad de la Iglesia

En lugares donde la iglesia está creciendo, cada vez resulta más visible. Esto es bueno, pero también conlleva desafíos que tal vez no hayamos previsto y acerca de los cuales que deberíamos empezar a pensar. Aquí voy a mencionar dos principales.

(1) Los adventistas y la prensa: Hay algunas lugares en el mundo, y el número está creciendo, donde lo que sucede dentro de la Iglesia es un asunto de interés público; es una noticia. La iglesia es tan conocida e influyente que la población que no es adventista se mantiene informada por la prensa sobre los eventos que tienen lugar en la iglesia. La transparencia eclesiástica, que siempre es importante, se vuelve extremadamente importante en este tipo de entornos culturales. La forma en que resolvamos nuestros asuntos va a ser examinada por el público en general en el ámbito de la sociedad abierta y siempre deberíamos estar preparados para ello. Esto significa que los líderes de la Iglesia deben tomar decisiones basadas en principios sólidos y dentro de las políticas de la Iglesia. El debido proceso debe ser seguido y en ocasiones revisado para depurarlo de elementos que podrían ser mal utilizados por la prensa o que no pueden basarse en los mejores valores éticos.

Un par de ejemplos puede ser útil para ilustrar este punto. La elección de los líderes a nivel de Misión, Asociación, y de la Unión se debe hacer de una manera que siga el debido proceso como se indica en los reglamentos de la Iglesia. Las políticas internas que podrían permitir un trato preferencial tendrían que descartarse del proceso con el fin de hacerlo lo más objetivo posible. Lo mismo se aplicaría en casos donde un trabajador es despedido. El protocolo adecuado se debe seguir para asegurarse de que la decisión es objetivamente justificable. Otro ejemplo podría ser el uso del dinero y la adminis-tración. Esta es un área en la que la Asociación General ha estado promoviendo la transparencia dentro de la Iglesia. Mi sugerencia sería la de asegurarse de que si tenemos que justificar en el ámbito público la distribución y la utilización del dinero en el nivel administrativo local, deberíamos ser capaces de hacerlo de una manera que revele nuestra integridad como iglesia. La mala prensa basada en cosas sobre las cuales tenemos algún control debería considerarse como inaceptable por los líderes de la iglesia. Nuestra alta visibilidad en muchos lugares alrededor del mundo debe seguir siendo una bendición para las sociedades y para la propia iglesia.

(2) Visibilidad y poder: Tener un gran número de miembros de iglesia en un determinado país o ciudad no solo hace a la iglesia visible, sino que también la vuelve influyente y poderosa. Tradicionalmente, en el mundo occidental hemos sido una iglesia minoritaria y, por lo tanto, no sabemos cómo manejar el poder que incluye una iglesia que no necesariamente es minoritaria. Los riesgos son muchos, pero las bendiciones son aún mayores. Los líderes de la Iglesia deberían explorar el uso apropiado del poder y establecer los parámetros adecuados con el fin de no violar nuestra inte-gridad como el pueblo de Dios del tiempo del fin. En las sociedades donde somos altamente visibles tendríamos que abordar las cuestiones sociales frente a la población en general, y proporcionar una orientación en base a principios claros que no sean considerados como una imposición de nuestras doctrinas en una sociedad en la cual somos muy influyentes. Estos son asuntos que necesitan una cuidadosa atención antes de enfrentarnos a problemas.

También debemos ser cuidadosos sobre cómo nos relacionamos con el sistema político del país o de la ciudad. A muchas personas en posiciones políticas nacionales les gustaría dar un trato preferencial a los líderes de una iglesia que es influyente en la sociedad. Esto es comprensible si mantenemos en mente que su interés es de carácter político y que en el momento oportuno nos solicitarán favores especiales. Un tratamiento especial con las figuras políticas podría hacernos sentir importantes, pero esos favores deben ser cuidadosamente examinados para asegurar de que no nos coloquen en una situación que podría ser perjudicial para el mensaje y la misión de la Iglesia. Como líderes debemos tener en cuenta que nuestro liderazgo no es acerca de nosotros, sino de la Iglesia que nos confía el privilegio de servir por un período de tiempo en un lugar determinado. El uso de la influencia de la iglesia por los líderes debería determinarse por su impacto en la iglesia y no en el líder individual.

El asunto del poder es muy importante y no lo debemos dejar solamente en manos de los líderes locales para definirlo. Deberían desarrollarse seminarios en los que se discutan las cuestiones derivadas del poder y de la influencia que vienen como resultado del crecimiento de la iglesia y donde se formulen orientaciones que nos ayudarán a evitar algunos de los riesgos inherentes a este tipo de situaciones.

El crecimiento de la Iglesia nos obligará a lidiar con las cuestiones teológicas y éticas que tal vez no hayamos pensando. Lo que ofrezco aquí es el comienzo de lo que probablemente será una agenda provechosa.